Un año más ha pasado muy rápido,
los años vienen y se van en un abrir y cerrar de ojos. Un año más con sus días buenos,
regulares y no tan buenos, un año más cargado de momentos inolvidables y
también de los que quiero olvidar, un año más rodeada de personas a las que
adoro y con las que me encanta estar y como no, un año más acompañada de mi pareja
de baile la cual me hace tropezar cada vez más.
Finalizo el 2018 sin brotes, esta
caprichosa es así, el año pasado tuve tres y este año cero y pensaréis… “¡qué
bien, Irene!” y yo digo “¡mal no está,
pero en mi interior empiezan a aparecer síntomas que no sé si tarde o temprano
verás!”. Algunos si avanzan si se podrán ver, otros sin embargo son invisibles
y no por ello dejan de ser importantes, al contrario en muchos casos lo son
más.

Ha sido una año sin brotes pero
para mí mentalmente más difícil que el año pasado, por supuesto no quiero
adelantar acontecimientos, tengo los pies en el suelo, se perfectamente que es
la EM y lo que más me está dando pistas, mi cuerpo, sensaciones y síntomas que
han aparecido y están apareciendo lenta y progresivamente y que no remiten.
¿Contenta?, pues no. ¿Triste?,
claro. ¿Asustada?, mucho. ¿Optimista?, siempre. ¿Luchadora?, hasta el infinito
y más allá, porque no pienso dejar de disfrutar de todas aquellas cosas que me
nutren y hacen que me sienta más fuerte. El próximo año me seguiré cayendo, me
levantaré y me volverás a tirar, pero siempre me verás en pie.
Os deseo un gran año 2019. Mis
deseos para el próximo año que se consiga el reconocimiento del 33% de
discapacidad por el diagnóstico de una enfermedad neurodegenerativa, que se
siga investigando mucho, mucho y que cada vez haya más empatía por parte de la
sociedad hacia las personas afectadas de esclerosis múltiple.